Pandemias amenazan la seguridad humana

Justo cuando lo peor de la epidemia de Ébola de África Occidental parecía haber terminado, el virus del Zika, que se transmite a través de los mosquitos, ha motivado la declaración de emergencia de salud pública de importancia internacional por parte de la OMS a raíz de un fuerte aumento de las malformaciones congénitas y las complicaciones neurológicas entre los bebés nacidos de mujeres infectadas.

Se ha citado como fuente de preocupación la falta de vacunas y de pruebas de diagnóstico fiables, siendo las medidas de reducción del riesgo más importantes el control de las poblaciones de mosquitos y la prevención de las picaduras de estos insectos en las personas más vulnerables, especialmente las mujeres embarazadas. La decisión de Brasil de desplegar 220 000 soldados para el control de mosquitos puede considerarse una medida positiva.

Con la propagación del virus por las Américas, continúa aumentando el número de personas afectadas, pudiendo ser graves las consecuencias a largo plazo en términos no solo de costo humano, sino también en lo que respecta a las pérdidas económicas que pudieran derivarse.

El virus del Ébola no se saldó únicamente con la vida de 11 000 personas, sino que también provocó grandes pérdidas económicas equivalentes al 10% del PIB en países empobrecidos como Guinea, Liberia y Sierra Leona.

Estas emergencias de salud pública ponen de manifiesto la necesidad de tomar medidas urgentes para evitar la recurrencia y responder tanto al peligro real de futuras epidemias como a la posibilidad de una pandemia de orden mundial.

El pasado año, los Estados miembros de las Naciones Unidas acordaron ampliar el alcance de la gestión del riesgo de desastres con el fin de no limitarse a tratar las amenazas naturales de las que normalmente se ocupan los organismos nacionales de gestión de desastres, abarcando también las amenazas biológicas, incluidas las pandemias y las epidemias.

Las mismas están incluidas en el primer texto de referencia de la agenda de desarrollo post-2015, el Marco de Sendai para la Reducción del Riesgo de Desastres 2015-2030, el cual también reconoce la importancia de contar con sistemas de salud resilientes para lograr una reducción sustancial de la mortalidad y del número de personas afectadas, heridas o discapacitadas como consecuencia de los desastres.

Si las personas que redactaron el Marco de Sendai identificaron esta necesidad, fue en parte porque estaban desarrollando este trabajo en paralelo con la crisis que se desató en África Occidental, la cual reveló importantes deficiencias en los sistemas de salud pública de los países en cuestión y la necesidad de mejorar la preparación ante posibles epidemias tanto a nivel regional como mundial.

El compromiso político siempre ha sido un aspecto vital para el éxito de la gestión del riesgo de desastres. Recientemente hemos podido ver demostraciones prácticas de este compromiso por parte del presidente de Filipinas, Benigno Aquino, y del Presidente de México, Enrique Peña Nieto, quienes recurrieron tanto a la televisión como a las redes sociales para alertar a sus respectivas poblaciones acerca de los peligros derivados de las grandes tormentas.

Tras estas iniciativas, se esconden los esfuerzos de ambos países por reducir el riesgo de desastres a través de la legislación y de medidas prácticas que también impidan la creación de nuevos riesgos. El hecho de que se esté dedicando tanta atención a los desastres relacionados con el clima, los cuales representan el 90% de los desastres actuales, está evitando muchas muertes.

Esta sensación de urgencia e impulso para la acción existente entre los líderes políticos de países propensos a padecer desastres surgió a partir del tsunami que alcanzó océano Índico en 2004, que puede considerarse como el primer desastre natural de orden verdaderamente mundial que se saldó con más de 220 000 vidas de muchos países de todo el mundo. Las secuelas políticas de los desastres de gran envergadura, como este, han ayudado a motivar a políticos de todos los niveles.

Por el contrario, ¿No estaremos mirando para otro lado cuando se trata de la amenaza de epidemias y pandemias? En el año 1918, en un mundo habitado únicamente por 1 800 millones de personas, un tercio de la población resultó infectada y más de 50 millones de personas murieron por la pandemia de gripe. El VIH/Sida se ha cobrado más de 35 millones de vidas. También son significativas las cifras del número de muertes y las pérdidas económicas asociadas a los últimos brotes de SARS (síndrome respiratorio agudo severo), la gripe aviar H1N1 y el MERS o síndrome respiratorio de Oriente Medio.

La Comisión sobre el Marco Global del Riesgo para la Salud en el Futuro ha publicado su informe final. El presidente de la Comisión, Peter Sands, señala que “aunque sin duda hay lagunas en nuestras defensas científicas, el mayor problema es que muchos líderes en todos los niveles no han otorgado a estas amenazas ni mucho menos la prioridad que requieren”.

El informe de la Comisión argumenta de manera convincente en favor de invertir más recursos en la infraestructura nacional de salud pública como primera línea de defensa contra las pandemias. Esto es de especial importancia si se tiene en cuenta que el 67% de los Estados miembros de la OMS, en su propio proceso de admisión, incumplen los requisitos del Reglamento Sanitario Internacional de 2005 para la prevención y el control de las emergencias de salud pública.

Además de la inevitable cuestión de la seguridad humana debido a la gran cantidad de vidas y medios de subsistencia en situación de riesgo, la Comisión calcula que las pérdidas anuales esperadas como consecuencia de posibles pandemias podría superar los 60 000 millones de dólares.

Para mitigar y reducir estas pérdidas, la Comisión propone una serie de medidas, entre las que destacan una inversión anual de 3 400 millones de dólares en la mejora de los sistemas nacionales de salud. La Comisión también recomienda una inversión de 1 000 millones de dólares en investigación y desarrollo y hasta 155 millones de dólares para que la OMS pueda crear un Centro Especializado en Preparación y Respuesta a las Emergencias en Salud.

El retorno de la inversión será significativo en muchos aspectos, como lo serán los co-beneficios de una mejor vigilancia y del tratamiento de enfermedades endémicas como la tuberculosis y la malaria. Es hora de pasar a la acción.

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Robert Glasser es el Jefe de la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres y recién nombrado representante especial del secretario general de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres.

 

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