Fútbol en las favelas: chicas de Río de Janeiro determinadas a jugar este bello deporte

Brasil no jugó en el Maracaná la noche del viernes (19 de agosto), pero Jennefer Pacheco de 14 años se puso de todas maneras la camiseta amarilla y declaró su pasión por la nación anfitriona.

Pacheco y seis otras jóvenes y niñas, la menor de ellas de tan solo ocho años de edad, habían viajado desde Vidigal, el barrio informal ubicado en la colina cerca de la próspera playa de Leblon, hasta el legendario estadio de Río de Janeiro para ver la medalla de oro olímpica en fútbol femenino, el deporte que juegan con seriedad a pesar de que en Brasil aún se crea que no es para ellas.

“No importa si juegan niños o niñas, el fútbol es vida”, dice una de las jóvenes futbolistas de Vidigal, Tamires Domingos.

Futbolistas y amigos y vecinos de Vidigal (Foto: Rio 2016/Sofia Perpétua)

A las chicas de Brasil no siempre les resulta fácil jugar el deporte que aman. Domingos, de 22 años, empezó a patear el balón cuando tenía nueve años, más que destacarse entre los niños de su propia edad. Luego, al igual que muchas otras mujeres, cuando alcanzó cierta edad se la excluyó de los juegos.

Los niños dejaron de pasarle el balón, comenta. Ese hubiese sido el comienzo del fin para muchas jóvenes futbolistas de Brasil. Pero no lo fue para Domingos gracias a una iniciativa de una futbolista estadounidense en Río, quien estaba consternada por la escasez de oportunidades deportivas para las mujeres.

Domingos juega al fútbol durante la semana en una sesión organizada por PlayLife, la cual fue creada hace cuatro años por Shanna Adderley, ex universitaria y jugadora semi-profesional de los Estados Unidos. A pesar de tener la destreza necesaria para ser seleccionada para formar parte del equipo de desarrollo Olímpico de su país, cuando vino a Brasil Adderley se sorprendió al  descubrir que los hombres no querían que jugara con ellos.

“Cuando llegué a Brasil, pensé que iba a estar en el corazón del fútbol. Pero pronto me di cuenta de que me rechazaban” dijo Adderley. “Me dijeron que la cancha no era lugar para mujeres”.

Ante la falta de una liga competitiva de mujeres a la cual sumarse en Río de Janeiro, Adderley decidió iniciar el tipo de programa de fútbol que hizo que se enganchara al deporte cuando era tan solo una niña en el estado de Washington.

 Marta, una de las mejores futbolistas del mundo (Foto: Getty Images/Pedro Vilela)

En el primer entrenamiento que Adderley organizó en Vidigal, cuatro chicas se presentaron con una hora de retraso. Pero todas volvieron la segunda vez.

Una vez que las chicas aprovechan la oportunidad de jugar al fútbol, los desafíos son constantes, comenta Adderley. Más de una vez se les dice que deben abandonar el campo porque los hombres quieren jugar. No obstante, desde el primer entrenamiento, han participado más de 60 jugadoras y una docena de ellas juega todas las semanas.

Shanna Adderley con sus hermanas Yara de 8 y Beatriz Monzita da Silva de 14 años en el Maracaná (Foto: Rio 2016/Sofia Perpétua)

El programa PlayLife no solo ha permitido que las mujeres jueguen juntas al fútbol. También ha mejorado su autoestima y ha impulsado su desarrollo personal. Cuatro años más tarde, Domingos toma el mando de PlayLife para llevarlo más allá y está buscando una segunda cancha para entrenar y jugar.

“Hoy me dieron ganas de levantarme y salir a la cancha a jugar”, dijo Domingos el viernes en el Maracaná. “Cuando la miro a Marta (jugadora estrella de Brasil), trato de hacer lo que ella hace”.

Tamires Domingos, en la camiseta verde, quiere crear más programas de fútbol para niñas y mujeres de Vidigal (Foto: Rio 2016/Sofia Perpétua)

Aunque el bello juego tiene seguidores en todo el mundo, las niñas de Vidigal saben muy bien que jugarlo no es fácil para todos.

Incluso su ídolo Marta, la superestrella de la selección nacional de mujeres, tuvo que abandonar Brasil para mejorar sus destrezas en Europa. Marta recibió el premio de mejor jugadora del año otorgado por FIFA en cinco oportunidades. Su agente dijo que nunca hubiese llegado a ser la Marta que todos conocen de haberse quedado en su país.

Aun así, el cambio está por llegar. Al mirar la gran final Olímpica en el Maracaná, en uno de los partidos de mujeres más esperados de la historia, las jóvenes futbolistas de Vidigal dicen que esperan que las barreras impuestas a las mujeres futbolistas en Brasil empiecen a derribarse.

En una noche mágica en Río, la multitud fue recompensada con un partido fluido que fue tan bueno como la final masculina de la Copa del Mundo que se disputó en el estadio en 2014 (y hasta diría que mejor).

Las seis jóvenes jugadoras de Vidigal miraban fascinadas mientras Alemania ganaba por dos goles, antes de que las suecas convirtieran uno para su país.

Luego de ingresar al famoso Maracaná por primera vez, Yara Monzita da Silva, de 8 años, dijo que lo mejor del partido fue el primer gol de Alemania. Dzsenifer Marozsan lanzó una patada desde atrás de la línea de penal. A la joven brasileña le agradó lo que vio. “Hice goles como ese”, dijo. “Fue mi momento preferido”.

La pequeña Yara no hará goles en el Maracaná por el momento. Pero la oportunidad de jugar fútbol femenino le ha ofrecido obsequios tan preciados como el oro Olímpico: autoestima, diversión, emancipación y amistad. Son obsequios que los programas de fútbol como PlayLife le están ofreciendo a cada vez más mujeres de las favelas de Río de Janeiro.

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